dissabte, 3 de setembre del 2016

De pronto,
comencé a escribir
en una lengua desconocida.
Escribí durante
toda la noche,
mientras
una fuerte tormenta
sacudía la ciudad.
No entendía
absolutamente nada
de lo que había escrito.
Sin embargo,
una fuerza extraña
me impelía a seguir.
Pasaban los días,
y un montón
de folios manuscritos
por ambos lados
llenaban toda la estancia.
Hablé  de ello
con mis colegas
de más confianza,
pero todos
mostraban el mismo
asombro y desconcierto.
Al cabo de un año,
exactamente,
recibí la misteriosa visita
de un individuo,
que me rogó
que le entregara
todos los manuscritos.
Y, así lo hice.
Ni siquiera pregunté
quién era
ni las razones
qué lo habían traído
hasta mi casa.
Cargó todo en un furgón
de color gris,
y rápidamente partió.
A partir de aquel
instante,
ya no volví a escribir
en esa lengua,
ni sentí la más mínima
necesidad de hacerlo.
Aquella noche,
volvió a llover
con una intensidad
poco habitual.
No lograba conciliar
el sueño;
me levanté de la cama
y encendí un cigarrillo.